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Los días que sucedieron a aquella preocupante confesión me habían llenado de desasosiego. Me había vuelto parca y distraída, tal vez no quería entender lo que sucedía. Habíamos jugado con fuego y estábamos empezando a quemarnos.
Mi relación con Virginia ya no era la misma. Nos habíamos alejado. Ella se había vuelto más callada y dedicaba la mayor parte de su tiempo casi obsesivamente a su trabajo. Si Santiago me buscaba con besos o caricias en su presencia, siempre encontraba el pretexto para escabullirse. Tal vez no quería salir lastimada.
Santiago comenzó a notarme distinta, y me lo hizo saber. Nuestros encuentros íntimos se habían vuelto para mí una obligación más que una necesidad.
Fue entonces cuando comencé a darme cuenta con preocupación de que extrañaba sus juegos, sus bromas; que me hacían falta sus caricias, sus besos, su ternura de mujer. Su indiferencia me estaba dañando y yo no era capaz de asumirlo.
Pero mi corazón ya no pudo mantener su compostura el día que recibí su correspondencia y leí el remitente: Alice Harrison. Los celos empezaban a carcomerme poco a poco.
Cuando me contó que su ex pareja la esperaba para intentar retomar la relación, me volví loca. No soportaba más aquella situación, pero no sabía qué hacer.
Cuando Santiago se metió a la cama por la noche y comenzó a acariciarme, fingí dormir profundamente para no tener que ceder a sus inoportunos antojos. El infierno se había apoderado de mí. Ya no podía apartarla de mi mente.
Ahora, recostada en mi almohada, podía reconocer que la deseaba más que a nada en el mundo. Sólo pensar en nuestros momentos de pasión me hacía necesitar su cuerpo desesperadamente. Con dolor, había descubierto mi verdad.

 

IX

Después de que Santiago se fuera a la oficina, me quedé recostada en mi cama acompañada de mis pensamientos. Era muy temprano y Virginia todavía dormía en su habitación.
Yo recordaba el día que la vi bajar del auto, cansada del viaje; las mañanas, aquella charla en el bar el día de la entrega del proyecto... Y pensar que habíamos convenido jugar un poco... sólo por placer y sin compromisos.
Cansada ya de evadirme en mis recuerdos, me levanté pesadamente para refrescarme un poco la cara. Y no pude evitar mirar hacia su alcoba. La vi allí, dándome la espalda, durmiendo plácidamente recostada sobre el lado izquierdo de la cama. Y decidí contarle mi verdad.
Sin importarme ya las apariencias, me metí con prisa entre sus sábanas. La abracé fuertemente por la espalda, y bebí desesperada de la droga tentadora de sus cabellos.
-Te amo- le dije mientras mis manos recorrían sedientas sus caderas, tratando de recuperar tantos días de deseo contenido.
Sin decir nada, giró hacia mí y me respondió con un mojado beso de pasión. Mi piel recuperaba estremecedoramente esas inquietas caricias femeninas, que me envolvían en un sopor tranquilo y profundo.
Nos hicimos el amor como la primera vez. Y no hubo palabras. Nuestros cuerpos habían aprendido el lenguaje del amor.
En la erótica coreografía de nuestra danza, nos penetramos mutuamente con sus juguetes hasta fundirnos en esos incontenibles y desgarrados gritos de placer.
Desde ese día habíamos decidido aprovechar todo el tiempo que nos quedaba por compartir, porque pensar en lo descabellado de nuestra relación sólo nos haría sufrir y formular preguntas imposibles de resolver. Yo tenía una vida con Santiago, una profesión, amigos, parientes, y no podría soportar el juicio y la censura de la gente. Además, Santiago era un excelente esposo.

 

X

Los días que sucedieron fueron inolvidables: después de confesarnos nuestro amor, nuestras relaciones dejaron de ser un juego (aunque-hoy me doy cuenta-nunca lo fueron). Luego de la partida de Santiago a su trabajo, Virginia solía escabullirse hasta mi cama a ver un poco de televisión y a acariciarnos mutuamente. Algunas veces, terminábamos enredadas en nuestros juegos secretos y calientes.
Pero el día de su partida se acercaba. Habíamos hablado muy poco acerca de ese tema, quizás por no querer enfrentar el paso del tiempo que, tarde o temprano, nos alejaría. Cada una tenía sus obligaciones y, aunque nos angustiaba la idea de separarnos, sabíamos que eso ocurriría irremediablemente.
El día anterior a su partida habíamos decidido tomarnos el día libre para despedirnos y le dijimos a mi marido que teníamos que viajar temprano a otra cuidad por cuestiones de la empresa, y que regresaríamos ya entrado el anochecer. Virginia había reservado una habitación en uno de los mejores hoteles de la ciudad; una ocasión especial, merecía un lugar especial.
Llegamos al hotel cerca del mediodía. La dos estábamos un poco nerviosas, como una pareja de recién casados en su luna de miel, y no sin razón: no era la primera vez, pero seguramente, iba a ser la última, la despedida.
Apenas entramos a la habitación, pedimos el almuerzo y nos alistamos para darnos un largo y reconfortante baño de inmersión.
Ya en el agua tibia y jabonosa, podía disfrutar viendo cómo la espuma resbalaba por su cuello y ocultaba sus sabrosas moras maduras. Ella se refregaba los pechos y ocultaba las manos entre sus piernas, mirándome provocativamente e invitándome a jugar. Y no me hice de rogar. Puse sus pies a ambos lados sobre los bordes de nuestro pequeño mar privado y apoderándome de su ostra sumergida y caliente, fui abriéndola suavemente con mis dedos hasta hacer saltar en su interior la perla negra del placer. El timbre anunció que el almuerzo acababa de llegar.
Comimos en la alfombra envueltas en nuestras toallas de baño, y la veía particularmente empeñada en darme de comer el postre, sin advertir sus intenciones. Cuando llegó el turno de las frutillas con crema, extendió la cuchara ofreciéndome una y pidiéndome que la siguiera lentamente con mi boca. Así lo hice intrigada, hasta que me vi frente a sus pechos descubiertos y erizados. Sin esperar un segundo los lamí...los mordí.....los besé.....mientras ella me arrancaba la toalla y me recostaba en el suelo. Impaciente, le ofrecí la frutilla de mi sexo que saboreó...frotó...succionó...y preparó para la sorpresa final. Jugó también con mi orificio trasero, que yo sentía dilatarse generosamente con su lubricado y delicado juguete, que luego dejó en su interior y me hacía gozar. Jadeante y desesperada por mi excitación, le imploraba que me penetrara con sus dedos pero ella se rehusaba. Yo no entendía qué pasaba cuando imprevistamente sentí que, quitándose la toalla, se recostaba sobre mí y hundía también en mis entrañas su juguete con arnés, cabalgándome frenéticamente mientras me acariciaba y me besaba con desesperación. –Te amo, te amo-repetía a cada movimiento de su pubis- Y haré lo imposible para que vuelvas a estar conmigo.-
Yo sentía sus juguetes moviéndose entre mis carnes hambrientas y enrojecidas y el éxtasis del placer me quitaba la respiración.
No sé si fue su doble penetración, sus movimientos o sus palabras, pero fue el estremecimiento más intenso que tuve en mi vida. O fue que, quizás, me dijo lo que siempre había querido escuchar.
Después de descansar un rato, nos dimos un baño y salimos a recorrer un poco la ciudad, ya que ella quería llevar algunos regalos para unos amigos.
Las últimas palabras que había pronunciado mientras hacíamos el amor resonaban en mi cabeza y me llenaban de incertidumbre; tal vez avivaban en mí una esperanza que no quería tener; tal vez, me obligaban a reconocer que era éso lo que yo realmente deseaba, pero que no estaba dispuesta a hacer nada para conseguirlo. En el fondo, era una cobarde. Ella era capaz de jugarse por mí, y eso me daba miedo.

 

 

 

 


 

 

 

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